Escribo desde un recóndito lugar, al que por no llegar, no llega ni la prensa. Son las merecidas vacaciones, en la que nos volvemos un poquito transeuntes. La paradoja del ir y venir, mientras se está más quieto que nunca. Las aguas mansas bajan de la montaña por la verde ladera, mientras de fondo la chicharra nos informa del nivel de la temperatura. Tras un largo caminar, recostados nacen las lecturas de un estío. Esas por donde marcamos la página de la diferencia. Que es esa página a la que llegamos. Cuando la soltemos, nunca debemos regresar allí. Pues nos esperan nuevas aventuras, de esas de mochila y cantimplora, por el tupido bosque de nuestra España. Bosques donde encontramos toda clase de seres, gracias a esa increíble biodiversidad.
Durante siglos la gente iba y venía sin moverse del sitio. Lo veo en las gentes de los huertos, donde la distracción es un fin en sí mismo. Poco importan que rebosen las matas de sandías o que la planta del tomate quede escuálida. Es el tiempo, que como dice el genio nunca es perdido, el que va llenando la cesta de trofeos. Es la cesta de sentirse útil, de tener algo que hacer, de aspirar a algo en la vida. Cuando la gente pierde esta sensación, su vida se apaga.
Nosotros estamos acostumbrados a tener que ganar siempre. La vida del siglo XXI nos impone esta regla de suma cero, aunque en ello nos vaya tumbar al amigo, al hermano o hasta al hijo. Encontré por estos lares a un hombre barbudo, como venido de otro tiempo, en el que me auguraba un mal pronóstico de seguir con este tipo de vida. Así que será este tiempo de verano el que me permita la reflexión sosegada, para afrontar un nuevo ciclo. Descansen, amigos.
Durante siglos la gente iba y venía sin moverse del sitio. Lo veo en las gentes de los huertos, donde la distracción es un fin en sí mismo. Poco importan que rebosen las matas de sandías o que la planta del tomate quede escuálida. Es el tiempo, que como dice el genio nunca es perdido, el que va llenando la cesta de trofeos. Es la cesta de sentirse útil, de tener algo que hacer, de aspirar a algo en la vida. Cuando la gente pierde esta sensación, su vida se apaga.
Nosotros estamos acostumbrados a tener que ganar siempre. La vida del siglo XXI nos impone esta regla de suma cero, aunque en ello nos vaya tumbar al amigo, al hermano o hasta al hijo. Encontré por estos lares a un hombre barbudo, como venido de otro tiempo, en el que me auguraba un mal pronóstico de seguir con este tipo de vida. Así que será este tiempo de verano el que me permita la reflexión sosegada, para afrontar un nuevo ciclo. Descansen, amigos.
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