lunes, 20 de enero de 2014

La asimetría social, germen del radicalismo.



El mundo cada vez tiene una brecha social más elevada, y nuestro país no es una excepción. 

Imagina que un círculo de 85 personas controlan tu vida. Pero no sólo tu vida, sino la vida de todas las personas que habitamos el mundo. 
Sí es verdad, me dirás que tú eres libre porque en un Estado, como el nuestro, hay una Constitución, unas leyes y unos mecanismos que te amparan. Pero eso, es de primero de derecho. 
Cuando terminas quinto de políticas compruebas que esas normas que te amparan se matizan con  normas supranacionales (europeas o internacionales) y deben pasar por el tamiz del poder económico.


Así de este modo, unos pocos logran desregular la legislación administrativa, alterar las normas tributarias y crear islas de opacidad económica, donde esconder sus ingentes fortunas. Son los que de hecho deciden quién va a gobernar un país, incluido el nuestro. A cambio se concede a sus otorgantes la impunidad por sus corruptelas.

Por tanto, los debates ideológicos que surgen hoy en día en torno al cleavage territorial son un simple entretenimiento de los medios para no tratar el auténtico tema: el empobrecimiento de las clases medias y la conversión en outsider de las clases bajas. 


Consecuencias.
La polarización social no es ajena a la radicalización de esa misma sociedad, que ante la violencia estructural responde con la violencia física, una vez agotada y vista la ineficacia de la resistencia pasiva. Todo ello es muy preocupante y debería ser tratado con mayor detenimiento. 

Como consecuencia de esta brecha social se observa otra importante, que es la cultural y que viene también relacionada con el acceso a los medios digitales. Muchas personas no tienen recursos para pagarse bienes culturales (por ejemplo, internet, el cine, etc ). De tal modo que sus códigos y posibilidades de conducta se distancian de la marcada como la moda. Algunas de estas personas suelen ser presas de opciones radicales, sobre todo si hay un incentivo. 

El aumento del radicalismo a diestra y siniestra en zonas suburbiales, y también en zonas acomodadas, debería preocupar a la clase política. Tal vez ello sea el germen de un movimiento que rompa ese sistema en el que nuestros representantes viven con comodidad. A diferencia de la revolución burguesa y luego la proletaria, ahora se vislumbra un movimiento radical de los que el sistema expulsó de la sociedad.

Por ello, para cuidar este sistema de libertades no basta con esloganes, sino que hay que desarrollar una política de bienestar que nos haga más iguales en nuestra hacienda y más equilibrados en nuestro pensamiento. 





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