La ignorancia, el simplismo o la hipocresía son tres grandes enemigos de la verdad.

Antropológicamente el
ser humano suele reparar más en las carencias, en las ausencias, que en la
perdurable presencia de las cosas. Por eso se premia más al hijo pródigo que
vuelve que al menesteroso que sostiene a diario la hacienda.
Lo que más impresiona es que después de toda una vida una persona sólo sea alabado en público cuando fallece. Ese día todos le quisieron mucho y enumeran todo lo bueno que hizo por los demás. Si resucitase el finado seguro que nos desvelaría otras cosas. La vida, la de cualquiera, está llena de matices.
Si ese alguien, una vez de entre sesenta y una comete un error, será recordado por este último y no por los sesenta aciertos
anteriores. Si desgranamos en la etiología del fallo, es posible que diste
mucho de ser atribuido en su totalidad a esa persona. Todo, vuelve a ser cuestión de
matices. Sin ellos, hay un estrecho hilo que nos separa de la fama y del
oprobio, de la gilipollez y de la perfección. Y en mayor abundamiento, entre la
vida y la muerte.
Viéndolo de otra manera también hay quien es recordado por su virtudes y no por sus defectos. En estos casos el razonamiento suele ser más pausado y reflexivo. Un científico puede errar en sus ensayos
cientos de veces, pero si por fortuna da con el descubrimiento será encumbrado
con notoriedad. Cosa diferente es la de aquellos que criando fama se echan a dormir.
El simplismo que nos ofrecen hoy
los medios y las percepciones parciales a las que nos someten no son el camino
más recomendable para alcanzar la verdad de las cosas.
Como dijera Antonio Machado: “¿Tu
verdad? / No, la Verdad, / y ven conmigo a buscarla./ La tuya, guárdatela.”
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