viernes, 13 de diciembre de 2013

La igualdad tributaria, por principio.



Desde hace algún tiempo cunde la sensación de que no todos somos iguales ante el fisco y muchos principios básicos de nuestro derecho han saltado, de facto, por los aires.


En nuestra Carta Magna se determina que el establecimiento de los impuestos y la exigibilidad de los mismos no se basan en el libre albedrío del legislador, y mucho menos del gobernante de turno.

Tampoco la actividad inspectora o recaudadora de la administración debe tener en cuenta el privilegio de unos frente a la obligación de acatarla de los demás.
Estos principios (generalidad, progresividad e igualdad) son claramente comprendidos por cualquier fiscalista, e incluso por cualquier persona o contribuyente. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, parece que la carga tributaria no es para todos igual y algunas personas por su posición o su popularidad gozan de amplios privilegios, moratorias y exenciones de facto.

Más aún, todo este sistema que se desarrolla en diferentes normas tributarias parece colgar de un hilo cuando sus máximos responsables juegan a conocer datos tributarios de medios de comunicación y políticos que pueden revelar. La propia Ley General Tributaria impide que esto suceda, ¿por qué un ministro iba a hacerlo? 

También parece sostenerse todo esto en un estado de incertidumbre cuando se producen situaciones inexplicables de relevos en la Agencia Tributaria. Siento profunda admiración por los inspectores de hacienda. Sus oposiciones son durísimas y comportan tener vastos conocimientos de economía y derecho. ¿Por qué pueden ser relevados por incoar un acta desfavorable a determinada empresa o ciudadano? 

Y lo que me parece más grave de todo, este sistema tributario no se sostiene cuando se validan por ejemplo, ciertas facturas falsas a concretos personajes de la vida social española. Los impuestos de un país, como el nuestro, son el sustento de todo el sistema del bienestar, y es inaceptable que desde las más altas instancias se dé un espectáculo tan lamentable, que lleva al común de los contribuyentes a tratar de eludir sus obligaciones, porque desde arriba no se da ejemplo.

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