
En este país hay una
generación que nace con el desengaño y en su lactancia moral no se nutren de las
viejas lealtades y utopías que otrora se prodigaban.
Esa fe en la condición
humana, parece ir lentamente cayendo en el horizonte, cual sol de atardecer, para ir
encendiéndose, una a una, las estrellas de un inseguro porvenir.
Si el ser humano del renacimiento o del siglo de la luces,
era el epicentro del mundo, hoy en día va situándose en los arrabales del
universo.
Antes los niños despertábamos con la promesa de un amanecer,
con el rocío sobre la hierba y el desayuno bien dispuesto sobre la mesa. Hoy, esos
infantes intuyen que mañana habrá un nuevo sol, pero sin la certeza de lo que
la mañana antes nos ofrecía.
Así pues, con esa libertad de previsiones vengo yo a entonar
un nuevo canto de primavera:
"Todas las ilusiones y el conocimiento adquirido no
son en vano. Todo el tiempo en la defensa de las ideas no es perdido. Al menos
sirve, al viandante de la vida, saber hacia dónde se dirige."
Es verdad que el tiempo ha tomado tonalidades claroscuras,
barrocas si se quiere, pero a la vez se abre un abanico de bellas posibilidades
y las personas volvemos a pensar en lo emotivo. Lo bello destaca aún más entre las sombras. Lo original despunta sobre el mimético mundo del copia y pega.
Sé que es difícil pensar entre tanta tormenta de realismo, pero
quizá ha llegado el momento de entender que además de oir el rugir de los truenos podemos ver la luz de los
rayos. Sorprendernos de esa fuerza que nadie puede controlar y compartir las sensaciones con los nuestros.
A esa nueva generación del desengaño será muy difícil que les
expliquemos muchas cosas. Quizá sea el cuidado y el esmero por lo que hacemos lo que
les provea de alegría. Es el modo y no el fin lo que nos hace, y les hará, avanzar por la
buena senda.
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