sábado, 29 de noviembre de 2014

Hora Crepuscular.



Como si un pintor diera las primeras pinceladas del día me detengo a contemplar. Al fondo,sobre la ciudad, aparece el tono rojizo del sol de invierno. Amanece. Una pequeña nube blanca solapa el tímido rayo que va naciendo en el horizonte. 


Miro al cielo, que se adivina azul y, al pronto, es moteado por el vuelo perfectamente sincronizado de  una negra bandada de golondrinas. En el aire se percibe el aroma del pan recién horneado. Recuerdos de mi niñez.

Paseo por encima de las vías del sempiterno inconcluso tranvía. El musgo va ocultando el raíl. Es como si la vida se abriese paso. Andando llego frente al macro-gigante edificio de las ilusiones 
aplazadas.   

Encuentro a dos hombres madrugadores que sacan de paseo a sus perros.  Uno de ellos,  le suelta la cadena a su  pequeño can. El perro siente brevemente el placer de la libertad. El otro expira el cigarrillo, acaso ,el primero de la mañana.  


Al volver la esquina, me pregunto qué ocurriría si todos fuésemos libres como las golondrinas y estuviéramos perfectamente sincronizados. Tal vez ese tranvía inconcluso funcionaria por la ciudad eterna. Quizá  las ilusiones que nos promete el macro-gigante edificio podrían  ser una realidad. 


Lo único cierto, es la seguridad del amanecer. La del café sobre la mesa. La del espíritu recién planchado. La única verdad es que lo único que me importa, en esta hora crespuscular, es este nuevo día.

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